lunes, 23 de mayo de 2011

Discotequeando...


Siempre he pensado que el sentido de ir a una discoteca, más que ir a bailar, es el gilear.  Así tal y como lo oyen.  Las discotecas representaron para mí por mucho tiempo, como aquel lugar de encuentro entre chicos y chicas, donde los ojos no paraban de mirar a todos lados, las sonrisas iban y venían y por supuesto, nacían amistades y romances.  Por supuesto me divertía mucho ese ambiente y me gustaba sobre todo ir en grupos mixtos, (no con galanes, lo divertido era encontrarlos allá) donde te juergueabas con tus amigas, pero tenías a tus amigos comodines que básicamente te servían de resguardo si se te acercaban impresentables, y de seguro, si no había nadie simpático con quien bailar.

Mis primeras experiencias empezando los 18 años fueron con las Peñas Criollas.  Súper en moda en esos tiempos.  Estaba los Poggis y los Michis.  Mi tío Pepe nos dejaba y nos recogía de estos locales barranquinos, a Elika, Mauricio y a mí.  A veces mi primo el Negro venía con nosotros.  La propina alcanzaba para dos cervezas, así que había que dosificar si no tenía quien me invite.  Entre jarana y jarana te ponían salsitas y bailábamos sin parar.

Luego vino la etapa universitaria, con grupo de amigos formado, donde con tremendas convocatorias íbamos a bailar siempre los días o las horas en las que al menos las chicas no tuviéramos que pagar entrada.  Eso era bien importante a esa edad en que, tanto uno como los amigos, teníamos recursos limitados.  Me acuerdo de Onions y el Keops, Faces, el Medi, el Pub Los Olivos (donde fui a ver a Frágil), la Nueva Miel (ya sé que era un poco ruflón, pero he ido también pues), y no puedo recordar el nombre de aquella discoteca que estaba al lado del antes famoso restaurant Pabellón de Caza, en el Museo de Oro. ¡ya me acordé! ¡Amadeus!.  Pero lo que más recuerdo es la vez que nos fuimos en la combi de mi amigo Perro de Chacra, todo un grupete, con parada previa a comprar trago en "La Cárcel" que quedaba en Surquillo y te vendían tu piña colada en descartable de a litro (pobre hígado Dios Mío!) a la discoteca Up & Down, que quedaba en esa callecita atrás de Wong de San Isidro, por Canaval y Moreyra y que creo que hoy es un lugar de dudosa reputación...  también recuerdo haber ido sólo una vez a esta disco medio dark llamada Nirvana, en Miraflores, a propósito de una temprana despedida de soltera de una amiga de la universidad.

También en esa época se puso en full moda la salsa erótica.  Esa famosa con expositores como Eddie Santiago (lluvia, tus besos fríos como la lluvia...) y Frankie Ruiz (quiero hacerte el amor y tú te alejas....) y ¡qué me dicen del Grupo Niche! (estoy viviendo un sueñooooo, me siento único dueño de tu amoooorrrr, una mirada bastó...).  Toneé a morir en el Cantamérica ahí abajo en la Costa Verde y también en la Máquina del Sabor de La Herradura y de la Av. Aviación.  Pero la primera era mi preferida.  Épocas universitarias en que mi casa era el punto de reunión y luego trepábamos 10 mujeres al Volkswagen rojo de mi amigo Pichirro y emprendíamos rumbo al Cantamérica, mientras que los chicos llegaban en taxi.  Fueron momentos muy divertidos.

Luego vino la época en que contábamos con un piquito más de recursos.  Ya estábamos trabajando pero ganábamos bien poquito… siempre había alguno con más recursos que nos invitaba y el ladies night seguía siendo muy buena opción.  En esas épocas disfruté a morir del Delirium en Barranco, bailando trepados en las sillas y mesas.  Mi amiga Cecilia conoció allí a su actual esposo y básicamente fue porque de puras aburridas nos pusimos a coquetear con una mesa de al lado donde estaba él y otro chico solos. Y luego al Noctambul y sus jueves de espuma donde salías empapado.  En ese local perdí mi lente de contacto en una maniobra de danza que todavía no entiendo.  También estaba el Pelícano en el Club Regatas, que era muy divertido.   Por supuesto el Grill de la Costa Verde que siempre fue mi preferido, con los baldes con un trago con sabor a chicle que hoy mi hígado no soportaría. 

Nota aparte merece el Pub Alemán o Treff, fundado por mi gran amigo Heinz, que se volvió uno de los lugares de mayor frecuencia en mi vida, donde no solo cheleamos de lo lindo en chopps de diversos tamaños sino que también atendí mesas y recibí propinas.

Cuando entré a trabajar a la empresa en la que todavía me encuentro, me incorporé a un grupo muy divertido con mi amiga Jossie.  Era obligatorio irnos a bailar a Mithos, la pirámide aquella fuera de lugar en plena Av. Benavides que hoy se ha convertido en Metro.  Alguna que otra vez fui al Zalonazo en Surquillo y al Mamut que duró poco tiempo.  Con otro grupo de la oficina fui al Tropical en La Victoria, que se puso de moda con su salsa de nuevo y ahí estaba yo metida al medio del alboroto.

Me muero de risa recordando que un día decidí incursionar en la Discoteca La Ley en la Av. Colonial.  No era un lugar frecuentado por mi grupo de amigos. Fui con una amiga y otro amigo más y resulta que este recinto tenía un par de jaulas en el escenario donde te podías meter a bailar.  La confianza de no encontrarme con ningún conocido y probablemente algunas chelas de más, me dieron el valor necesario (que para ser honestas, tampoco es que necesite que me insistan mucho) para meterme en una de esas jaulas y bailar aferrada de las rejas al mejor estilo de una estriptisera (pero con toda la ropa puesta por si acaso) emulando el famoso baile de la reja que patenté en casa de Jossie.  A los minutos este amigo tuvo que cargar con las dos y sacarnos del lugar ante la fila de galanes con no muy buenas intenciones.

Piano fue otra de las discos, digamos que ya entre 1998 y 2002, que alguna que otra vez fui.  Ya había bajado mi frecuencia discotequera… claro conocí a Arturo y bueno pues, colgué las tangas y las plumas y lentejuelas.  Lo cierto es que no le encuentro ningún gusto a meterme en un lugar atiborrado de gente, con espantoso olor a cigarro (que simplemente no soporto), bailar apretada… cuando ya no hay que coquetear.  No es que se apagó la llama del amor con mi esposo, por el contrario, pero creo que con él puedo coquetear muy bien en un lugar menos concurrido  así que simplemente se me quitó el gusto por las discotecas, básicamente porque desapareció la necesidad de circular.  Sólo fui una vez con él a Piano y en un paso exótico de mi marido bailando música electrónica, terminó metiéndome un puñete en el ojo que me puso de muy mal humor y hasta ahora no estoy muy segura si no fue a propósito.

En razón de ello, no soy de las que se va al Sur en los veranos para ir a bailar de 2:00 a.m. a 8:00 a.m.  ni siquiera conozco una sola de las discotecas de Asia, ni tengo interés alguno en conocerlas.  Nada me quita el placer de estar cómodamente dormida a esa hora y levantarme al día siguiente como nueva, sin resaca, a disfrutar del sol con mis hijas.

Todos estos recuerdos han venido a raíz de que el sábado que acaba de pasar, después de siglos, fui a bailar a la disco Depeche Order en El Polo, con música ochentera, celebrando el cumpleaños de mi amigo Franco.  La verdad me divertí a morir!!! Un placer tener la posibilidad de pagar tranquila tu whisky etiqueta negra y no tener que tomar ron con chicle. Y a pesar de lo concurrido del lugar y de que efectivamente había que bailar apretado, como una excepción a las salidas que normalmente tenemos, me pareció excelente.  Buen lugar para los contemporáneos, donde no encuentras puro mocoso borracho, sino puedes ver cabezas sin pelo, rollos y canas.    Y qué mejor que haber celebrado los 40 de Franquito con mi Argolla del Trener, que no son sino excelente compañía para toda ocasión.  Esta vez, pude agregar a la Argolla otro check, también maravillosos compañeros de discoteca!

De aquí a 10 años mas…

lunes, 16 de mayo de 2011

Sex & the City (no apto para menores)

Soy una fanática de la serie Sex & the City.  En realidad una fanática tardía, porque nunca vi la serie mientras la pasaban por el cable, sino que la compré en todas sus temporadas en DVD y las vi de seguido en jornadas que implicaban amanecidas y malas caras de Arturo (sólo podía verlas en el DVD portátil y con audífonos para que no le haga bulla).  La serie me fascinó y creo que fue por varios motivos. 

Uno de ellos fue esta variedad de trajes y zapatos que se mostraban en la serie que me hacían soñar con una vida de glamour parecida.  Bueno pues, una tiene su lado hueco también, aunque no cambiaría por nada mi humilde vida de familia.  Lo cierto es que la gran culpable de que invierta una buena cantidad de mi sueldo en zapatos es Carrie Bradshaw y de hecho sueño con tener ese magnífico walking closet que salió en el depa de la película de cine (la uno).  Mientras tanto me conformo con zapatos de menor precio (no me da la billetera para comprar "en oferta" zapatos de US$ 450.00) y tenerlos amontonados unos sobre otros en el closet porque no entran todos...

De veras que aunque suene fatuo, me parecería divertidísimo tomar en Nueva York el tour Sex & the City que te ofrecen, aunque seguro que el tour no incluye a esos especímenes masculinos tan guapos que salieron a lo largo de toda la serie, pero bueno, nada es perfecto. Claro esto sería posible sólo si viajara con amigas, porque Arturo a la sola mención de esa posibilidad me mandó por un tubo. 

Y la segunda razón por la que la serie me encantó, es por el desenfado con que las mujeres protagonistas de la serie, cada cual en su estilo, abordan los temas sexuales.  En una sociedad como la nuestra, tan reprimida y tan de apariencias, me parecía delicioso imaginar una conversación como la que sostenían las 4 chicas disfrutando de un brunch dominguero, donde exponían sus últimas conquistas y vericuetos sexuales.

La verdad pensaba que esas cosas sólo les pasaba a las gringas, o cuando menos, sólo sucedían en Nueva York, pero he tenido la oportunidad de comprobar que tengo en mi círculo social a una gran amiga, a quien le había perdido el rastro hace mucho y que por casualidad encontré en Lima hace poco, que por supuesto vive fuera hace mucho tiempo (específicamente en Alemania) y que se sintió en la libertad de contarme  sus aventuras amorosas de la manera más graciosa posible. 

Esta amiga mía, vive casi 20 años fuera y cuando dejó el Perú, definitivamente pensó que llevaría una vida de familia normal y común, como el de cualquier peruana, sólo que con un extranjero que tuvo la oportunidad de conocer.  Pero no fue así.  Su matrimonio no duró mucho tiempo y como siempre tuvo inclinación hacia las relaciones tortuosas y complejas y no puede vivir sin alguien que le silbe en la oreja, no le quedó sino ubicarse al poco tiempo con otro galán e iniciar una nueva relación. 

Pasó por salir con un personaje con quien se sentía muy compatible (de hecho ella en cada oportunidad se enamora locamente), pero después de unos años viviendo juntos se separaron porque el chico no tenía entre sus planes procrear; así que lo dejó.  Luego conoció a tremendo monumento de hombre, varios años menor que ella, a quien dejó porque él si quería procrear y ella no estaba segura.  Empezó a salir con el súper deportista, pero éste muy inconstante no formalizaba, por lo que sólo vivía choques y fugas que a ella no dejaban satisfecha.  En el interín y a través de un servicio de "Speed Date" conoció a un galán vinculado al mundo de los caballos.  Muy simpático el galán, divertido y entretenido.  Muy bien dotado por la naturaleza, contaba con un miembro viril de dimensiones bastante mayores que el promedio, de manera tal que los encuentros sexuales resultaban muy dolorosos, por lo que tuvo que hacer uso de su creatividad para relacionarse íntimamente.  Finalmente lo dejó, entre muchas otras cosas, por gastar mucho en ginecólogo y porque parte de su mundo social incluía la colocación de chicas como “escorts” (felizmente mi amiga no fue colocada).

Luego conoció a un basquetbolista.  Gigantesco él, como todo deportista del basquetbol, por lo que a decir de mi amiga, prometía.  La curiosidad pudo más que su virtud y aceptó un encuentro íntimo para salir de dudas, pero oh sorpresa! El órgano viril no guardaba proporción con los 2 metros y tantos de altura y la talla 48 de zapatos!  A decir de mi amiga, la diferencia era tan saltante a la vista que el tema resultaba intolerante por lo que lo dejó.

A otro galán lo dejó porque no la besaba nunca (ya saben que eso levanta sospechas… hacer el amor y que no te besen significa trato de prostituta…) así que eso no lo toleraría de ninguna forma, forzó el beso y logró descubrir que su prominente barbilla no lo ayudaba a besar con facilidad, por tanto no era precisamente un buen “kisser” y lo dejó.

Ahora mi amiga regresó con el deportista.  Se volvió ella más deportista que nunca.  Aún sufre acosos del bien dotado que la acusa de haber dobleteado con él y el deportista, lo que es falso porque pasó un día entero entre que terminó con uno y salió con el otro. Mi amiga dice que ha decidido sentar cabeza y tener un bebé, aunque todavía le causa inseguridad que el novio no le deje notitas de amor.  Se mudó con él y espera sinceramente que todo funcione muy bien.
 
He llegado a la conclusión que mi amiga se asemeja a la Carrie Bradshaw de Sex & the City y yo he sido una divertida y pasiva oyente de esta agitada vida amorosa.  Supongo que otra de mis amigas expatriadas llegará en algún momento completamente liberada como Samantha!!!


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