martes, 18 de agosto de 2015

Y yo que tengo una mayor distancia...

Hace unas semanas terminé de leer el libro de Renato Cisneros "La Distancia que nos separa" y quedé profundamente impactada.  Renato reconoce un "pendiente" en su vida vinculado a la relación que tenía con su padre, que falleció cuando él tenía 18 años de edad.  Investiga por varios años y vuelca en esas páginas el conocimiento que adquiere de él cuando no lo tenía a su lado y el contraste intenso entre el hombre político, público y las emociones de las que pudo ser testigo bajo sus cuatro paredes en la infancia.  Muy bien redactado, sin caer en la cursilería, un libro valiente que no cualquiera sería capaz de escribir, pero que a él le sirvió para reconocerse, entenderse y cerrar capítulos pendientes en pos de un buen futuro.

Me dejó muchas reflexiones personales, cosas que sabía claramente que existían, pero que no las tenía tan a flor de piel.  Descubrí que nunca conocí a mi padre.

No soy capaz de trazar un perfil de su personalidad, no sé que le gustaba y que no, solo sé que no comía yema de huevo ni en el huevo frito ni en el huevo duro, como yo.  No sé si era divertido o aburrido.  No sé si le gustaban las fiestas o el cine.  No sé si se emborrachaba o era abstemio.  No sé si le divertía viajar, aunque mi mami me cuenta algunos viajes como a Jamaica y a las Vegas que hizo con él.  No sé si era estricto o engreidor con sus hijos, no sé si era cercano o distante.  No sé si disfrutaba su trabajo o cual disfrutó mas, en esencia solo sé que trabajó en las lavanderías American Dry Cleaners y que luego fundó Lavanderías Vaporito, con mi madre acompañándolo en la aventura, cuyo logo recuerdo muy bien, negocio que quebró posteriormente a su muerte.  Si sé que trabajó en el Ministerio de Pesquería hace muchos años, porque mi mamá conserva un carnet con su foto como gran reliquia, pero no sé que hizo ahí ni cual era su expertiz.  No tengo claro si fue ingeniero ni en que universidad estudió.  No sé en que colegio hizo la primaria y la secundaria.  No sé si fue católico, si se bautizó, si hizo la Primera Comunión, la Confirmación.  No sé si fue amiguero, como yo lo soy, si tenía amigos del trabajo, amigos del colegio, amigos de la universidad, amigos de la vida, solo recuerdo la mención de mi mami a su gran amigo Manuel Delgado Parker. No sé si bailaba bien o tenía dos pies izquierdos, no sé si cantaba o era desafinado, tengo un ligero recuerdo de su voz con el único contacto que llevo en mi memoria, una llamada telefónica cuando tenía yo 9 años donde le contaba a este señor al otro lado de la línea, que tenia una nueva amiga que se llamaba Mili,  recuerdo una voz cadente y cálida, pero también podría ser que me lo inventé.  No sé como se vestía, no sé que ropa usaba con frecuencia, si formal  o casual, no sé que talla de zapato usaba, no sé si hacía deporte.  No sé si se levantaba temprano o era dormilón, no se que hacía los domingos.  No sé si sabía cocinar. No sé si era un hombre querido o respetado o si causó tanto dolor en su familia que no permitió que sus hijos guardaran un buen recuerdo de él.

No sé nada...

y se murió cuando yo tenía 10 años, sin tener la oportunidad ni la madurez de preguntarle, interrogarle, pedirle explicaciones, decirle que ser padre no es solo velar por la manutención.  Decirle que felizmente tengo la familia que tengo y que tuve a mi padrino recibiendo las manualidades que hacía por el día del padre y a mi tío Polo llevándome de la mano al altar.  Que tengo una madre fuerte, guerrera, corajuda que me enseñó a ver la vida de manera positiva y a sacar la garra y ser feliz.

Me pregunto si me atreveré a buscar respuestas...

viernes, 20 de febrero de 2015

La Reina Descalza

Las gitanas siempre me han causado temor.  Con sus coloridos trajes, siempre una buena opción de disfraz de niña, las relacionaba siempre con los robos y las maldiciones que te echaban si no accedías a ayudarlas.
Leí este libro La Reina Descalza, de Ildefonso Falcones y terminé con una completa empatía hacia los gitanos, hacia esa raza orgullosa y solidaria, sin lazos materiales.
El libro es muy entretenido.  Narra la historia de una esclava liberada y todas sus penurias y su encuentro y vida con los gitanos y sus propias penurias.  Un libro cautivante que te va amarrando el interés de a pocos y que es fácil de leer a pesar de sus más de 900 páginas.
He leído antes del mismo autor La Catedral de Sal y resultó de lo más interesante, así que este autor pasa a formar parte de la lista de mis preferidos

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